Fuego y chinchetas
Música

Barcelona quiere ser una perra

Rigoberta Bandini y Residente se han convertido en las grandes estrellas de las dos primeras jornadas del Cruïlla, donde este sábado actúan Juan Luis Guerra, Rubén Blades, Rozalén y Tanxugueiras

La cantante Rigoberta Bandini durante su actuación en el festival Cruïlla que se celebra en el Parc del Fòrum de Barcelona. / Marta Perez (EFE)

Barcelona

El Festival Cruïlla es como una gran rotonda en la que el público, situado en el centro, contempla cómo van pasando artistas de lo más variado. Desde la Avenida Latinoamérica, Residente, Juan Luis Guerra o Rubén Blades. Desde el Paseo del Rock, Jack White, Editors o Molotov. Desde el Bulevar de los 80, Duran Duran. Desde la Cuesta del Indie, Niña Polaca o Colectivo Da Silva. Desde la Rambla del Mestizaje, Rozalén o Stay Homas. Y desde el Paseo del Pop Electrónico, Zahara, Joe Crepúsculo, Hot Chip... o la nueva reina —por aclamación— de Barcelona: Rigoberta Bandini.

Convertida en la gran atracción del viernes, Paula Ribó tuvo que darlo todo para poder llenar una hora y cuarto de concierto. "Cuando cantáis '¡otra, otra!' me hace gracia porque no tengo más canciones", dijo en la parte final del concierto. Y, en efecto, su repertorio aún no está al nivel de su enorme popularidad. Varias de sus canciones se han convertido en auténticos misiles, ¡pero no tiene tantas!

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Empezó fuerte (In Spain We Call It Soledad), pero a Rigoberta Bandini le costó mantener el nivel de atención durante los primeros minutos. Buena parte del público había ido —casi exclusivamente— a bailar Ay Mamá y solo interrumpió su tertulia ante (la falsa alarma) de Todas las mamás, que es casi lo mismo, pero no es igual. Fue curioso contemplar como, ante ciertos giros, la muchedumbre coreaba un estribillo que no coincidía, en absoluto, con el de la artista.

Es cierto, no tiene aún muchas canciones. Pero lo que sí tiene son tablas... y lo demostró. Por un lado, con una puesta en escena muy teatral: bromas, coreografías marca de la casa, interacción con el público... ¡y versiones! Cayó una de Mocedades (Cuando tú nazcas) y otra de Massiel (el himno eurovisivo Lalalá).

Una experta en reciclaje

La primera vez que Paula Ribó saltó a la fama —como integrante de The Mamzelles— fue con una campaña de Ecoembes y un anuncio de televisión que se hizó muy popular en Catalña: Envàs, on vas? Lo curioso del asunto es que, una década más tarde, Rigoberta Bandini ha hecho del reciclaje una de sus grandes fortalezas musicales.

Pero no solo por las versiones: en el Cruïlla no faltó su reivindicación de Julio Iglesias ("soy una truhana, soy una señora") y la presentación en primicia de su flamante colaboración con Amaia, que apareció por sorpresa en el escenario para interpretar Así bailaba, en la que reciclan una canción infantil (y muy machista) de los payasos de la tele —Los días de la semana— para convertirla en otro himno feminista: "La niña no puede lavar porque tiene que bailar".

¡Tetas al aire!

Con letras como la de A todos mis amantes, la cantante catalana ha sabido conectar con una generación. También tiene canciones mucho más arty que, si no fueran suyas, se habrían quedado atrapadas eternamente en el inmenso purgatorio del indie. Pero claro, cuando pisa el acelerador de los hits, Rigoberta Bandini no tiene rival. Puede que aún no tenga mucho fondo, pero su sprint final de tecnopop, lanzado con las primera notas de A ver qué pasa, es fulminante.

De Ay mamá —¡tetas al aire!— no queda mucho por decir: es la canción del año. La sorpresa fue descubrir que el público del Cruïlla cantó y bailó otro de sus temas con más entrega aún, si cabe. La frase estrella del karaoke colectivo, de hecho, fue "¡quiero ser una perra!". El veredicto no dejó lugar a dudas: a Barcelona le entusiasma la amable reivindicación del estribillo que casi bate a Chanel en el Benidorm Fest. Pero con lo que realmente echa el resto es con la ironía, la rabia y la catarsis que tan bien destila Perra.

El final del concierto fue casi una fusión —bailada por igual— entre Two Many Drugs y el Voglio vederti danzare de Franco Battiato sonando por megafonía: un claro síntoma de que el público se había quedado con ganas de más. Así que, si después del "tiempo largo" que va a tomarse, reaparece con un disco bajo el brazo, en Barcelona habrá miles de personas esperando.

La 'rave' de Zahara

Zahara, durante su actuación de este viernes en Barcelona (Cruïlla). / Victor Parreno

El principio del concierto de Rigoberta Bandini se solapó con otra de las grandes atracciones de la noche: Zahara. Y es que, si Ay mamá se ha convertido en la canción de 2022, el año pasado pasó algo parecido con MERICHANE. Dos canciones que comparten fondo y espíritu, pero que en directo transitan sendas muy alejadas porque la artista de Úbeda ha convertido sus conciertos en un fiestón tecno en el que, por momentos, parece que está a punto de salir Chimo Bayo.

Una puesta en escena ideal para el ánimo festivalero —con bailarinas incluidas— en el que, además, integra a la perfección muchos de sus hits: Hoy la bestia cena en casa, berlin U5... La propuesta de Joe Crepúsculo merodea ese mismo terreno, pero la organización decidió ponerle en uno de los escenarios más pequeños —y con aforo limitado—, por lo que a buena parte del público no le quedó más remedio que escuchar los beats de Carreteras de pasión desde una cola interminable.

La diversión según Residente

René Pérez (Residente), durante su concierto de este jueves en Barcelona (CRUÏLLA)

La gran atracción del jueves en el Cruïlla fue, sin duda, el portorriqueño Residente, que congregó a más gente 10 minutos antes de empezar que Molotov en plena actuación.

La banda mexicana irrumpió en la década de los 90 con un par de himnos que siguen formando parte de la memoria emocional de toda una generación ("¡Viva México, cabrones!"). Pero su fórmula de rock chilango se ha quedado un tanto obsoleta... y eso por no hablar del estribillo de Puto ("matarile al maricón"). Escucharlo en 2022 —y en la semana del Orgullo, para más inri— no es vintage: es una cagada.

Pero eso no significa que debamos ceñirnos a la corrección política. A Residente, de hecho, se le da fenomenal meter el dedo en la llaga. Minutos antes de que saliera al escenario, su público ya coreaba el estribillo de la canción en la que pone a J Balvin a caer de un burro: "¡Esto lo hago pa'divertirme!".

El grueso del setlist, de todas formas, fueron canciones de Calle 13. Algunas interpretadas de forma más o menos fiel, como El aguante, Fiesta de locos o Muerte en Hawaii; y otras con el tempo alterado, como Atrévete-Te-Te (qué pena que tocara su gran hit con tanta prisa) o La vuelta al mundo (casi a cámara lenta).

Lo que no faltó, como era de esperar, fue la reivindicación política, social e identitaria, cantándole al orgullo de clase (Baile de los pobres), a los derechos humanos (Pa'l Norte) —"yo no podría bregar con que a mi hijo lo mataran en una frontera, tenemos que tratarles como si fueran nuestros hijos"— y a la unidad del pueblo (Latinoamérica, This Is Not America).

Todo parecía más lúdico y divertido con Calle 13, la verdad. Pero Residente, al que últimamente vemos más rabioso y melancólico, optó por sacrificar su lado más intimista (René) para presumir de repertorio romántico (No hay nadie como tú) y travieso (Vamo' a portarnos mal).

La joven promesa irreverente de la música latina se ha convertido ya en una leyenda imprescindible para entender el salto entre las estrellas contemporáneas del reguetón, como Bad Bunny o Daddy Yankee, y clásicos como Juan Luis Guerra o Rubén Blades —las dos grandes atracciones del Cruïlla 2022— que esté sábado comparten cartel con Rozalén, Tanxugueiras, Depedro o Queralt Lahoz.

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