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Juliano el Apóstata

"Juliano llamado el Apóstata, es decir, una persona que renuncia a su religión. Por supuesto, nadie llamó al anterior Emperador "Constantino el Apóstata" porque renunció al paganismo para convertirse al cristianismo; todo depende de quién escriba los libros de historia." (Lo dijo Isaac Asimov)

Juliano era nieto de Constancio Cloro (293-306), sobrino del emperador Constantino el Grande e hijo de Julio Constancio que fue ejecutado durante la purga de 337 por Constancio II. Este monarca no quería usurpadores ni que nadie le hiciera sombra. Se salvaron de milagro los dos hijos de Julio Constancio: Galo y Juliano que, en ese momento, tenía 6 años y empezó a conocer lo que era el exilio en la Capadocia.

A finales de 355, Juliano fue llamado a Milán por Constancio II para nombrarlo César y encomendarle la tarea de limpiar la Galia de las intromisiones bárbaras. Al emperador no le seducía la idea de otorgarle tan alta responsabilidad, pero era el único pariente que le quedaba vivo. Juliano estableció la base de operaciones en Lutetia Parisiorum (actual París) y en un tiempo relativamente corto ya había restablecido el orden en las más importantes ciudades de la Galia. En cuatro años, se había convertido en alguien temido por los bárbaros y admirado por la plebe y su ejército. Tanto es así, que en febrero de 360 la tropa y oficiales aclamaron Emperador de Occidente a Juliano desligándose de Constancio II, investidura que aceptó a regañadientes. Tuvo la suerte de que le llegara un comunicado anunciándole la repentina muerte de Constancio II y la cesión testamentaria del poder imperial a Juliano II. Se convirtió así en el único Augusto del Imperio. Desde ese momento se propuso hacer reformas y restituir los viejos cultos paganos en detrimento de los nuevos templos cristianos. Él era consciente que la religión cristiana estaba mucho mejor organizada que la pagana, así que intentó poner el paganismo al mismo nivel que el cristianismo. Tomó el título de pontífex máximo, como cargo superior del estamento religioso pagano, y designó a Júpiter como dios principal y a Helios como una especie de demiurgo, equiparable a la figura de Jesús. Eso le generó muchos sinsabores y problemas con sus propios generales y el pueblo romano.

Al frente de un poderoso y disciplinado ejército, más de 80.000 soldados, Juliano inició la expedición contra los sasánidas contando los combates por victorias. El rey Sapor II, consciente del curso de la guerra, optó por la retirada de la capital, Ctesifonte, esperando su momento. Los territorios por los que avanzaban las legiones se hicieron hostiles y en pequeñas escaramuzas, los persas empezaron a golpear y desmoralizar a los romanos. En una de estas guerrillas, una lanza alcanzó el hígado de Juliano, y a las pocas horas murió desangrado. Era el 26 de junio de 363.

Todo indica que esa lanza no era de los persas sino “fuego amigo”. Tenía 32 años. El último emperador pagano murió sin descendencia y, tras su muerte, el imperio romano volvió a practicar el cristianismo. Uno de los escritores modernos que mejor ha narrado toda esta epopeya es Gore Vidal.

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