Sábado, 27 de Febrero de 2021

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'Luces de bohemia' o cómo buscar el lado cómico de lo trágico

No había nada mejor ni más coherente que despedir este año 2020 con un esperpento

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Ramón María del Valle-Inclán nació en Villanueva de Arosa, provincia de Pontevedra, en 1866, y murió en Santiago de Compostela, en 1936. Setenta años de vida fructífera, dedicada con exclusivo empeño a la literatura. Dramaturgo, poeta, novelista y gran renovador de la literatura española. Es un escritor clave, esencial, autor, entre otras, de las 'Sonatas', de 'Divinas palabras', 'Martes de Carnaval', 'Tirano banderas', del ciclo de 'Las Guerra Carlista' o de 'El ruedo ibérico'.

'Luces de bohemia' se editó por primera vez en 1924, en la única edición aparecida en vida del autor. Previamente había sido publicada por entregas en la revista España entre el 31 de julio y el 23 de octubre de 1920. Es un obra divertidísima, tristísima, profunda, esencial. Es un esperpento, género en el que Valle-Inclán busca el lado cómico en lo trágico de la vida. 

La obra de Valle-Inclán exige, como pocas, ser contemplada en su recorrido. Entre otros motivos, porque solo así es posible apreciar la espectacular evolución de su estética, que en pocos años transita desde el preciosismo decadentista de sus primeros años, a la furia guiñolesca del esperpento.

Únicamente observándola en su desarrollo se explica por qué la obra de Valle, conforme ha dicho Pere Gimferrer, constituye, al menos en España, "el gozne en el que se produce el quiebro o cambio de óptica que separa a la narrativa clásica —cuyos últimos representantes son Galdós y Clarín— de la narrativa contemporánea". Una opinión que cabe extender, con más fundamento todavía, al teatro .

Valle-Inclán es quizá el escritor contemporáneo que con más vigor y atrevimiento ha planteado la posibilidad de un español total, de un idioma que combina con admirable naturalidad una multitud asombrosa de variedades y de registros, tanto peninsulares como de América, ensayando una lengua de extraordinario colorido y eficacia que sigue destellando —incluso décadas después de acontecido el llamado boom de la literatura latinoamericana— con fulgores de utopía.

El esperpento, sello de Valle-Inclán

Es el sentido de lo grotesco lo que alumbra el esperpento, la personal fórmula con que Valle sintetiza todas sus tentativas precedentes, y que explicita soberbiamente tanto en 'Luces de bohemia' como en el esperpento de 'Los cuernos de don Friolera'. En este último, las deslumbrantes teorizaciones que hace Don Estrafalario son en buena medida inspiradas por "un teatro rudimentario y popular" cuyas marionetas acciona un "viejo ladino" con la ayuda de "un rapaz lleno de malicias".

"Ese tabanque de muñecos sobre la espalda de un viejo prosero, para mí, es más sugestivo que todo el retórico teatro español", asevera Don Estrafalario observando el teatrillo, con palabras que justifican por sí solas tanto los títulos que Valle irá escogiendo para agrupar su teatro, como los diferentes géneros a los que lo adscribe.

'Luces de bohemia', que funda la que en adelante será su nueva estética, puede ser leída también como un adiós. Gonzalo Sobejano ha subrayado la doble condición de elegía y sátira que distingue a esta pieza, en la que, dice, "el artista condena los desvaríos de una época y se despide, contristado, de un mundo caduco" . Este mundo caduco es el de 'la bohemia heroica', entre cuyos figurantes se cuentan el mismísimo Rubén Darío y los 'epígonos del Parnaso Modernista' que lidera el "feo, burlesco y chepudo" Dorio de Gadex. Por no hablar del propio Max Estrella, contrahechura de Alejandro Sawa, "el rey de los bohemios", en el que Valle vuelca no propios rasgos de sí mismo.

El desencanto del mundo y su consiguiente desfiguración

Gonzalo Sobejano observa bien cómo la mirada a la vez tierna y burlona con que Valle entona su particular "elegía del individualismo romántico que se agota en palabras rutilantes e inútiles, elegía del modernismo concluido", cede paso, en la misma obra, a "la sátira cruda y sin paliativo", que se ceba sobre todo "contra la policía, la política y el capital". Y es que, como en Goya, también en Valle el desencanto del mundo y su consiguiente desfiguración adquieren una dimensión política, cuyo signo contestatario se anega en el más amargo pesimismo.

La contemplación de la España de su tiempo, de la condición del pueblo y de la índole de sus gobernantes, arroja a ojos de Valle una cifra netamente fatalista. Como escribe Sobejano, "ocurre que el extremo individualismo de artistas e intelectuales está pasando, muriendo en un pretérito prolongado, y ocurre que el ímpetu revolucionario de los trabajadores no puede pasar más allá reprimido en el umbral mismo de su porvenir".

El esperpento sería la réplica que Valle da a esta situación sin salida aparente. Lo dice Don Estrafalario: "Mi estética es una superación de dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos. Todo nuestro arte nace de saber que un día pasaremos. Ese saber iguala al hombre mucho más que la Revolución Francesa".

Este artículo es un extracto, en su mayor parte, de la introducción de Ignacio Echevarría de la edición de DeBolsillo

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