Martes, 19 de Octubre de 2021

Otras localidades

Nueve salas de conciertos donde podría no sonar más la música: el problema de no ser ni un bar ni un teatro

La mayoría de ellas llevan un año cerradas y siguen sin saber cuándo podrán reabrir. Piden ayudas directas y rápidas y que se las considere espacios de cultura, como cines y teatros, para poder retomar la actividad lo antes posible

Vista de la fachada de Razzmatazz, en Barcelona, con el hashtag #ElÚltimoConcierto y la fecha de su inauguración de la sala y su posible cierre debido a la crisis del COVID-19. Formaba parte de una campaña para visibilizar el momento de precariedad que atraviesan las salas

Vista de la fachada de Razzmatazz, en Barcelona, con el hashtag #ElÚltimoConcierto y la fecha de su inauguración de la sala y su posible cierre debido a la crisis del COVID-19. Formaba parte de una campaña para visibilizar el momento de precariedad que atraviesan las salas / Xavi Torrent (GETTY IMAGES)

"Las cifras son demoledoras. Se suspendieron unos 25.000 conciertos en 2020 y, dentro de las industrias culturales, el sector de la música ha tenido unas pérdidas del 75%. Sin un plan de rescate a la altura de las circunstancias, las salas de conciertos no resistirán ese endeudamiento progresivo y la situación las va a abocar al cierre", así de contundente se expresa Armando Ruah, coordinador de ACCES, la asociación estatal de salas privadas de música en directo, que adelanta que ya han cerrado 17 salas en todo el país, "que es muy difícil que vuelvan a abrir a no ser que algún empresario atrevido sea capaz de volver a arriesgarse".

Las salas están en tierra de nadie: no son hostelería ni son consideradas espacios de cultura. "A pesar de las declaraciones del ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, que insta a las comunidades autónomas a que tengan la misma consideración que cines o teatros, éstas no han movido ficha", lamenta Ruah un año después de que la pandemia llegara a nuestro país. Las salas no entienden esa discriminación y mucho menos, cuando se comparan con los bares: "No vemos la diferencia entre ver un concierto o estar comiendo en un restaurante. Incluso un restaurante es peor porque pasas más tiempo sin mascarilla", critica Guillermo Mateo, responsable de El Gran Café, en León.

La cultura está transferida a las comunidades autónomas y, como señala el coordinador de ACCES, "la sensibilidad hacia el sector es muy desigual": "Vemos comunidades como Castilla-La Mancha, Castilla y León, Navarra, La Rioja, Islas Baleares o Aragón donde no ha habido ninguna ayuda específica para las salas de música en directo. Y lo más grave es cuando no ha habido ni siquiera interlocución, como en Castilla-La Mancha, a pesar de haberlo intentado reiteradamente. En el otro extremo están regiones como Andalucía, Galicia, Comunidad Valenciana, Murcia, Cataluña o País Vasco que sí han desarrollado algunos programas de ayudas para las salas y con las que existe un canal de comunicación". Temen ahora que pase lo mismo con el reparto de ayudas que ha anunciado el Gobierno, que también van a ser gestionadas por las comunidades y esperan que, efectivamente, sean inyecciones económicas directas y no más créditos, "que significan más endeudamiento en una momento muy complicado y con la incertidumbre de la situación y evolución de la pandemia".

SIN AYUDAS

La música en directo, fuera de las ayudas del Gobierno

Todas las salas con las que hablamos coinciden en que estaban en su mejor momento cuando de repente, de un día para otro, y tuvieron que cerrar sin saber cuándo volverían a abrir. "Mi mayor miedo es si podremos recuperar el funcionamiento previo a la pandemia. Nuestros locales son incompatibles con el distanciamiento social. Nuestro valor añadido, nuestra esencia, está en el contacto humano y la cercanía al escenario, en los encuentros que haces. Nuestros locales no tienen mucho sentido en un mundo aséptico y sin acercamiento", recuerda David Novaes, director de El Sol y Siroco, dos salas referentes de la noche madrileña. Todas resisten pero no saben hasta cuándo. "Lo preocupante es cómo va a quedar el circuito estatal de salas cuando acabe la pandemia", lamentan desde ACCES.

Razzmatazz (Barcelona)

Razzmatazz es una de las salas más grandes de nuestro país. Está formada por varias naves conectadas entre ellas en la zona industrial de Poble Nou que ocupa más de 3.800 m2 y tiene un aforo superior a las 2.000 personas. En total, son cinco salas que pueden albergar cinco conciertos de forma simultánea. La plantilla cuenta con 130 personas y una noche cualquiera puede haber un centenar de ellos trabajando. El año pasado iba a celebrar su 20º aniversario con varios conciertos pero la sala está totalmente cerrada desde el 10 de marzo de 2020: "Llevamos un año con ingresos cero, toda la plantilla está en ERTE. Solo una pequeña parte estamos parcialmente en ERTE para poder mantener la agenda de programación, las redes sociales, una parte de administración que tiene mucho trabajo negociando con los bancos sobre préstamos, carencias y financiación, y luego estamos intentando conseguir financiaciones públicas a través de las asociaciones de las que formamos parte para intentar obtener el máximo de ayudas posible que nos permita aguantar el máximo de tiempo posible sin ingresos", cuenta Lluís Torrents, gerente de la sala.

Con la sala totalmente cerrada, sus costes mensuales ascienden a unos 150.000 euros entre el alquiler, los costes de personal, Seguridad Social de los ERTE, suministros y cuotas de préstamos bancarios. "El sector del ocio nocturno no ha recibido ninguna ayuda. Nosotros, como hacemos música en directo, sí hemos recibido ayudas de la Generalitat y del Estado, unos 200.000 euros de subvenciones públicas cuando llevamos más de un millón y medio de pérdidas. Todo ayuda y bienvenidas son, pero no serán por las ayudas que podamos sobrevivir sino por la capacidad que tengamos de endeudamiento bancario, por tener suficientes fondos propios para poder aguantar, negociando a ver si conseguimos más ayudas, sobre todo, si conseguimos que nos congelen los gastos y podamos dejar de pagar cuotas… Ahora lo que pretendemos es poder aguantar", apunta Torrents. A estas alturas ya no espera muchas más ayudas. Confía en que la vacunación masiva propicie que se recupere la actividad lo antes posible: "Está claro que ningún gobierno tiene suficiente dinero como para poder pagar rescates cada mes después de un año cerrados y parece que nos podemos enfrentar a otro año casi en blanco".

El Loco Club (Valencia)

Empezó siendo El Loco Mateo en 2000, un tablao flamenco que se convirtió en toda una referencia a nivel nacional y alrededor de 2005 empezaron a sonar en su escenario otros tipos de música. "Ahora suena rock and roll, pop, country, soul, indie rock… Lo que no suena casi nunca es electrónica, trap o reggaetón, a no ser que sean fiestas privadas o casos muy puntuales", explica Lorenzo Melero, director de la sala, que cuenta con una plantilla de ocho personas.

"Antes de la pandemia estábamos en el momento más dulce de los últimos 10 años. La temporada de invierno había sido fabulosa, con grupazos que habíamos conseguido traer al Loco. Habíamos cambiado de patrocinador, habíamos acometido una reforma importante que acabamos a finales de febrero y, cuando estábamos en la rampa de salida de triunfo absoluto, nos pilló la pandemia", cuenta Melero.

En julio pudieron abrir 10 días y desde agosto solo  22 días sueltos, "doce de ellos sin poder servir bebidas y siempre con una reducción de aforo del 30%", apunta el director. En este tiempo han recibido ayudas "económicas y morales" del Ayuntamiento de Valencia, de la Generalitat, del INAEM y del Instituto Valenciano de Cultura. A pesar de no poder disfrutar de los conciertos, también siguen colaborando la gran mayoría de los socios del Loco Fan Club y sus patrocinadores y proveedores, pero Melero reconoce que les está costando mucho hacer frente al alquiler de la sala: "Sin esas ayudas no habríamos podido continuar, haría meses que habríamos tirado la toalla porque habría sido imposible hacer frente a los gastos fijos sin tener apenas ingresos".

El Sol y Siroco (Madrid)

David Novaes es director y socio de dos salas referentes de la noche madrileña: El Sol y Siroco, con 40 y 30 años de historia: "Ambas son referentes, han sabido adaptarse a los tiempos y mantenerse siempre en la cresta de la ola", dice orgulloso Novaes.

El Sol es una de las salas más emblemáticas de Madrid / PABLO CUADRA (GETTY IMAGES)

En la sala El Sol trabajan 25 personas y lleva un año completamente cerrada. Sin facturar, se enfrenta a unos gastos fijos todos los meses de alquileres, préstamos, amortizaciones, impuestos, suministros, igualas, asesorías, la oficina y una parte de los gastos de seguros sociales de los ERTE. "Además, nos enfrentamos a costes intangibles, más humanos, a la incertidumbre de todo el personal en ERTE, sin saber cuándo van a poder volver a trabajar. No sabemos si todo el mundo estará en condiciones de volver y si podremos reconstruir los equipos", teme el director.

En Siroco trabajan 18 personas y también ha permanecido cerrada hasta hace unas semanas que, de modo experimental, ha comenzado a abrir en fin de semana como Siroco Bar, con ocho mesas en la planta calle y conciertos esporádicos en la planta sótano para 40 personas sentadas: "No está funcionando mal pero con las limitaciones de horario y aforo estamos hablando de una facturación del 15-20% de lo que haría Siroco en tiempos normales, así que sirve para pagar algunos gastos y perder menos que si estuviéramos cerrados al 100%".

Garaje Beat Club (Murcia)

Garaje Beat Club abrió sus puertas en septiembre de 2013 en Murcia, en el mismo local que antes ocuparon Nuevo Garaje de la Tía María y Sala Stereo. Allí suena todo tipo de música pero, principalmente, rock, metal, punk y mestizaje, con gran presencia de artistas internacionales como Molotov o Marky Ramone. "El primer evento que tuvimos que cancelar por la pandemia tenía todas las entradas vendidas, fue el concierto de Shinova el 13 de marzo. Desde entonces la sala ha permanecido cerrada, la última vez que abrió sus puertas al público fue el 7 de marzo. En el año 2020 hemos tenido que cancelar o aplazar 124 eventos en los que iban a participar 398 proyectos artísticos. Pasamos de repente de una situación relativamente buena al más absoluto desastre", cuenta Isaac Vivero, director de la sala.

Vivero critica que, precisamente una ciudad con la actividad musical que tiene Murcia, no haya tenido ninguna ayuda por parte del ayuntamiento. Sí ha contado con la ayuda del INAEM y cierto apoyo de la Región de Murcia y, gracias a eso, se han salvado "de la quiebra". Destaca además una bonita iniciativa: "La Asociación de Salas de Conciertos de la Región de Murcia organizó un ciclo de conciertos en live streaming, a puerta cerrada, sin público, en colaboración con la Consejería de Cultura de la Región de Murcia. En esos eventos, que han sido financiados por el Gobierno de Murcia y la cervecera Estrella de Levante, no hemos obtenido un beneficio económico, pero al menos hemos podido hacer cosas con los gastos cubiertos, dando trabajo a nuestro personal técnico y a los artistas, y consiguiendo una visibilidad ante el público, mostrándoles que el proyecto sigue vivo, que estamos en la pelea".

Secretos (Mayorga, Valladolid)

La sala Secretos abrió en 1989 en Mayorga, un pueblo de 2.000 habitantes a medio camino entre León y Valladolid. "Es un oasis en mitad de un desierto inmenso", cuenta Tomás del Pozo Martínez, el soñador que hace 32 años juntó sus grandes pasiones en este local. A lo largo de este tiempo han pasado por allí artistas como Antonio Vega, Los Secretos, Quique González, Cómplices, Javier Krahe, Los Limones, La Guardia o Iguana Tango.

Tras hacer una reforma profunda de ampliación y mejora de instalaciones y equipo técnico, inauguraron el nuevo local el 30 de diciembre de 2019. Se había gastado sus ahorros y poco después el coronavirus lo cerró todo. Por si fuera poco, cuando había reabierto sus puertas en julio, la sala sufrió un incendio que les obligó a estar cerrados otra vez 21 días, en pleno verano, cuando no había más limitación que el aforo. Aún así, Tomás es positivo: "El seguro se hizo cargo de la mayor parte de los gastos del incendio y yo soy afortunado porque tengo la licencia de café teatro y está dentro del apartado de Cultura y no me han considerado ocio nocturno. He podido abrir como hostelería e incluso he podido programar un par de conciertos con limitación de aforo".

Ante el aumento de casos tras Navidad, Castilla y León prohibió abrir el interior de bares y restaurantes: "Solo podemos abrir la terraza con el 50% del aforo pero con este tiempo en invierno en Valladolid… eso lo hacen para que no podamos pedir ayudas", critica Tomás, que no ha recibido ninguna en todo este tiempo. A pesar de que él tiene el local en propiedad y no tiene ni alquiler ni hipoteca que pagar, sus gastos mensuales ascienden a 1.000 euros, así que ha comenzado a trabajar en un taller de construcciones metálicas "por ir ganando algo de dinero por si esto se alarga y porque la cabeza también necesita no pensar demasiado en el negocio y no volverse loco".

El Gran Café (León)

El Gran Café fue el sueño de dos jóvenes leoneses en 1990, los padres de Guillermo Mateo: "Montaron una cafetería de culto donde se hacía un concierto a la semana. La hostelería era mas de charlar, no de estar con los móviles, de tomar cafés especiales y copas". Sus padres se separaron hace unos años y ahora él es el socio de su madre y, entre otras cosas, se encargaba de programar los conciertos, tres o cuatro a la semana. "Antes de la pandemia nuestra situación era muy buena. La música estaba en auge. La sala es de 180 personas, programábamos unos 15 ó 18 conciertos al mes, de los que diez suelen estar llenos, y para los conciertos en los que se nos quedaba pequeña la sala, estábamos haciéndolos en un espacio más grande que nos dejaba el ayuntamiento, como unos 15 conciertos al año", recuerda.

La última artista en subirse a su escenario fue La Bien Querida, el 13 de marzo de 2020. En 30 años, el El Gran Café solo se había cerrado un mes y medio: "No se cierra nunca. Está siempre abierto, abre de lunes a domingo. Fue muy raro cerrar e irnos a casa. El primer tramo de los dos meses fatídicos fue malo, perdimos dinero, pero hasta lo agradecimos, descansamos", reconoce ahora Guillermo. Por entonces no podía imaginar que se alargaría tanto esta situación: "Solo hemos podido abrir dos meses y con aforo reducido. El dinero ya se está acabando y la situación es complicada. Tenemos unos gastos fijos entre 6.000-7.000 euros al mes. El local es nuestro pero tenemos una hipoteca, más la luz, los impuestos, estamos pagando el 40% de la seguridad social de cada empleado en ERTE... algunos llevan sin trabajar desde hace 10 meses". Pide ayudas directas para el sector y propone que, por ejemplo, Cultura pagara a los artistas y las salas se pudieran quedar con el dinero de la entrada: "Así se ayuda también a los artistas y grupos, que los dos lo estamos pasando mal".

La Trinchera (Málaga)

Fuel Fandango inauguró la sala La Trinchera en 2012. Tomó el relevo de la que había sido la primera sala de conciertos de Málaga, la sala Vivero, y tiene un aforo de unas 600 personas. La pandemia llega en plena temporada alta, estaban abriendo "hasta algunos miércoles" y acababan de estrenar conciertos para familias con niños, con la intención de que fueran un domingo al mes, pero solo se celebró el primero, aquel 8 de marzo que dio tanto de qué hablar.

José Ochoa, responsable de la sala, calcula unos gastos fijos de unos 1.500 euros a pesar de que su casero les hace una rebaja importante del alquiler desde abril: "Gracias a eso seguimos en pie. Él es el que ha hecho posible que nos planteásemos llegar hasta estas alturas y no llegar a tirar la toalla". También ha recibido ayudas del Ayuntamiento, la Junta de Andalucía y del INAEM, que agradece y considera fundamentales, pero lamenta la tardanza: "No nos han ingresado el dinero hasta el 31 de diciembre de 2020. Es decir, nos han tenido desde marzo hasta diciembre tirando de fondos propios. Afortunadamente nosotros sí los teníamos, veníamos de unos años muy buenos y teníamos músculo y hemos podido soportar la situación, pero aquellas salas que no tenían esa capacidad lo habrán pasado mal".

Como muchos de sus compañeros, José pide que les dejen abrir, aunque sea con limitación de aforo como hicieron en diciembre: "Creamos un formato reducido en el que pasamos de 600 plazas a 128 asientos y con distanciamiento. Seguramente no sea viable económicamente pero necesitamos trabajar para no volvernos locos", sentencia. Ahora esperan volver a abrir en abril: "Más nos vale porque tenemos un buen número de conciertos ya cerrados para el segundo trimestre".

Jazz Filloa (A Coruña)

Jazz Filloa cumplió en diciembre 40 años. Lo abrieron cuatro socios, dos de ellos músicos, con la idea de que tuvieran un sitio donde tocar: "Por entonces no había salas de conciertos en A Coruña, fuimos los primeros a los que nos dieron la licencia", explica Alberto Mella, uno de los dos socios que todavía permanecen. En julio y en agosto pudieron hacer conciertos con aforo reducido. De septiembre a diciembre abrieron solo como bar y, desde entonces, permanecen cerrados, tirando de ahorros y de ayudas familiares: "Yo cobro una prestación de 450 euros por cese actividad que me acaban de ampliar hasta mayo. El bar cuenta con una ayuda del Ayuntamiento y una limosna de la Xunta. Aún estamos esperando el rescate del Gobierno", lamenta Alberto. Espera que al menos le dejen reabrir como bar pronto: "Intentaremos acabar el año y a ver el siguiente cómo nos va".

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