Domingo, 23 de Enero de 2022

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Macrogranjas porcinas

¿De qué hablamos cuando hablamos de macrogranjas?

El término no tiene una definición concreta y diversos expertos opinan sobre este modelo y su posible convivencia con la ganadería extensiva

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En España no hay ninguna definición técnica para el término ‘macrogranjas’. Mal comienzo. “Es algo peyorativo, se ve como algo malo y así ha quedado entre la sociedad y los medios de comunicación”, nos explica Miguel Ángel Higuera director de la Asociación Nacional de Productores de Ganado Porcino (Anprogapor). “No hay nada definido, pero se asocia a algo cuando la realidad es que por ejemplo en el sector porcino llevamos ya 20 años con limitación por decreto en el tamaño de granjas y con unas distancias mínimas establecidas de 1 kilómetro entre granjas y hasta el núcleo urbano más cercano”.

Elisa Oteros, doctora en Ecología e investigadora de Ecologistas en Acción coincide en la ausencia de definición y alerta del riesgo que eso conlleva: “Nadie puede saber cuántas macrogranjas, por así decirlo, hay en España, pero lo más importante es hablar del modelo de la ganadería industrial, que es algo que sin duda se están incrementado. Según los datos que maneja su organización la cabaña ganadera sigue aumentando año tras año, mientras disminuye, y cada vez más rápido, el número de explotaciones activas en nuestro país.

“La ganadería industrial por definición es una ganadería en la que se da con muchos insumos externos, es como una factoría y por eso se habla de ganadería industrial”, nos explica Pablo Manzano, ecólogo, investigador para Cambio Climático del Basque Center en Bilbao. La clave, nos indica, puede estar en que en este modelo entran en juego recursos no ligados a la zona, como la soja que sirve para hacer los piensos que alimentan a unos animales que a menudo ni siquiera se venden en la zona: “Tenemos comida vegetal de Sudamérica que se transforma en cerdo en Europa y se exporta a China, es un modelo muy globalizado”

Ante las dudas, el experto también aclara las diferencias con la ganadería intensiva, que “por definición es una ganadería en la que el animal no sale al campo, pero eso incluye sobre todo granjas donde haya prados de siega como todo el lechero de la cornisa Cantábrica es intensivo. pero en realidad se está cortando el heno que crece alrededor de la granja y se le está dando de comer a la vaca lechera y esa leche además se vende muchas veces localmente o se vende en el mercado español”.

¿Qué ventajas tiene la ganadería industrial?

Sus defensores hablan de creación de empleo, más eficiencia que se traduce en precios más bajos para el consumidor (“en estas granjas se eliminan ineficiencias en todo el proceso de producción porque invertimos en tecnología para el cuidado de los animales”, argumenta Higuera) y hasta de su valor como herramienta para combatir el hambre en el mundo ( el mundo va a necesitar comida y hay que producir más con menos”). Desde el otro lado, no ven tan evidente ninguno de los argumentos.

Ni lo del empleo: “Si una macrogranja de 10.000 cerdos a lo mejor emplea un operario y criar 400 cerdos en montanera emplean a un operario, está claro que forma de explotación va a generar más empleo”, razona Pablo Manzano. Ni lo del precio, continúa el investigador del Basque Center: “Es cierto que la carne barata implica que nos gastemos más en otras cosas, pero supone menos riqueza en nuestro medio rural”. Ni lo del combate contra el hambre, que para Elisa Oteros “es una falacia, el problema del hambre en el mundo no es la disponibilidad de alimentos, sino la distribución, dónde se produce, dónde se consume y quién consume”.

¿Cuáles son los inconvenientes? 

Los vecinos de muchas zonas en las que hay instalada una explotación de ganadería industrial se quejan de los malos olores y de la contaminación que los purines dejan incluso en el agua para beber. Desde el sector del porcino mantienen que hay una legislación de obligado cumplimiento por la que cualquier granja que se abra tiene que justificar qué gestión va a hacer de los residuos generados y se ve sometida a controles periódicos. Miguel Ángel Higuera añade que el origen de esos productos contaminantes puede estar también en el uso de estiércol, el lodo de las depuradoras o los fertilizantes: “Yo no tengo problema en que nos sometan a controles y supongo que todas las otras fuentes tampoco lo tendrán Lo que no puede ser es que en cuanto surge un problema se culpe a la granja”.

Olores y contaminación del agua tienen mucho que ver con otro de los grandes inconvenientes que señalan los críticos: la desplobación del medio rural. Un informe de Ecologistas en Acción comparó por parejas 300 pueblos y sus conclusiones fueron en esa línea: “En el 74% de los casos, el municipio con ganadería industrial perdía más población que no tenía ganadería industrial. El desarrollo de otras actividades, por ejemplo turísticas pero también agropecuarias, es imposible, el olor es insoportable” explica Oteros.

El asunto del bienestar animal es otro de los que más críticas genera, pero de nuevo, según el Consejo de Colegios de Veterinarios, hay una ley exigente y se cumple. Luis Alberto Calvo es su presidente: “Son normativas europeas y nacionales, tienen que cumplir todos los parámetros de alojamiento, de suministro de agua, de suministro de alimento, de ventilación, de higiene de relación con otros animales… está totalmente legislado y se cumple, nosotros podemos dar fe de que se cumple”.

¿Es posible la coexistencia de los diferentes modelos?

Pensando en el futuro del sector, desde la asociación ecologista ven imposible la coexistencia de la ganadería extensiva con la ganadería industrial porque “se haga como se haga la contabilidad ecológica, no es sostenible de ninguna manera, porque depende de insumos que vienen de muy lejos, que implican deforestación entre otras cosas”

Entre el resto de entrevistados, las opiniones cambian. Para Miguel Ángel Higuera “no tiene sentido plantearlo de un modo excluyente porque son complementarios y es importante visibilizar que el extensivo es es vital y muy necesario pero pero es muy sacrificado, lo de saber cuántos animales vas a tener en función de la lluvia y el pasto roza el arte. En el intensivo no nos la jugamos, sabemos lo que necesita el animal y se lo damos”. El representante de los veterinarios también lo tiene claro y es concluyente, “tiene que convivir obligatoriamente porque si no, no habría espacio en el mundo”, resuelve Luis Alberto Calvo.

Por otro lado, el investigador Pablo Manzano apuesta por la flexibilidad, tanto al valorar la ganadería extensiva: “las cosas tampoco son blanco ni negro pero en realidad la mayor parte de la carne que estamos comiendo ha sido producida de forma extensiva”; como la convivencia con la intensiva: “probablemente sí que haga falta cierta coexistencia porque una fase intensiva en la vida de los animales pueden llevar a ciertas eficiencias en momentos críticos del crecimiento”; e Incluso a la hora de no cerrar la puerta completamente a la industrial: “si es hasta cierto tamaño y para aprovechar los recursos de España, podría tener cierto sentido pero hay que tener ojo con las concentraciones porque tener una ganadería intensiva de hasta los 100 ó 200 animales puede ser una cosa mucho más gestionable que una granja de 10.000 o 20.000”.

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