Sábado, 06 de Junio de 2020

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MUJERES POR LA ESPAÑA VACIADA

El empeño diario de Marta por llevar la comida a siete ancianos que no quieren dejar su pueblo ni su casa

Ella lo llama "trueque de atenciones" porque su implicación va mucho más allá de la comida y porque ellos le dan a ella mucho más. Este es su día a día en Montesclaros, un pueblo de Toledo de 400 habitantes censados

Marta lleva 7 años yendo cada día a casa de Valentín: "Es el que más me quiere, o eso dice él"

Marta lleva 7 años yendo cada día a casa de Valentín: "Es el que más me quiere, o eso dice él" / CADENA SER

Montesclaros es un pueblo de Toledo, a 23 kilómetros de Talavera de la Reina, que está rodeado por un océano de encinas y alcornoques, siempre con la Sierra de Gredos de fondo. De sus canteras de mármol salió la piedra para construir las fuentes de Cibeles y Neptuno en el siglo XVIII. Hoy hay 400 habitantes censados, pero realmente allí vive mucha menos gente. Una de ellas es Marta. Después de años trabajando en un restaurante de Alcorcón, decidió darse un tiempo y se fue unos días a casa de sus padres: “Yo siempre he sido una persona muy tranquila, la hostelería quema muchísimo y me estresé. Vine al pueblo para descansar, estaba en una fase de mi vida en la que tenía que replanteármelo todo”. Por entonces su intención no era quedarse allí pero pronto comenzó a trabajar en un catering que llevaba comida a personas mayores de varios pueblos y, lo que empezó siendo un servicio, se convirtió en una relación de cariño mutuo.

Aquella empresa cerró, pero ella siguió llevando la comida a las cinco personas que atendía en ese momento: “Es gente válida, que tienen su cabecita en su sitio y que no tienen por qué estar solos. A veces la familia está superpendiente e implicada, pero son señores y señoras que no se quieren ir a una residencia o no se quieren ir a la ciudad. Están a gustito en su pueblo, en su casa, con las cosas que ellos conocen. Llega un punto en el que, por pereza, dejan de guisar y de hacerse comidas sustanciosas. Como guisan para ellos solos, no se van a hacer unas lentejas para ellos solos y se comen una sopa o una lata de sardinas con un cachito de pan y empiezan a venir las anemias. Ahí es cuando los hijos me llaman”, cuenta.

Marta y Beni, una relación que va mucho más allá de la comida

Marta hace comida en su casa “como si fuera una familia numerosa” y luego la reparte por las casas. “Me gusta comprar las cosas aquí en el pueblo, que el pequeño comercio sufre un poquito más que el de la ciudad. Además, intentas comprarles el pan que han comido siempre y que las comidas sean las que han comido ellos toda la vida”, explica. El potaje y el cocido son los platos que tienen más éxito, pero reconoce que, “aunque los macarrones les gusten menos, nunca ponen ninguna pega”. Cocina con muy poquita sal, pero es partidaria de coman lo que quieran, si no hay alguna prescripción médica que diga lo contrario.

"La misión más importante aquí es que no falte lana ni sopas de letras"

La implicación de Marta va mucho más allá de la comida. “Hay algunos que la única cara que ven es la tuya, así que tienes que ir con una sonrisa de oreja a oreja. Siempre te la devuelven. Yo esto no lo veo como un trabajo”, dice emocionada. Se le acumulan las historias durante estos años: “A casa de Valentín llevo yendo 7 años. Hay veces que no tiene las pastillas colocadas y ya sé cuáles toma y cuáles no, pues estoy pendiente. Juliana no es tan mayor. Ha sido una cocinera estupenda, ha sido la cocinera del pueblo, ahora lo soy yo. Tiene azúcar y no ve y para andar con los fuegos es peligroso. Con mi tía Beni la relación es todavía más especial porque es mi tía. Además de la comida, la llevo al médico, le ayudo a levantarse y a acostarse y, muy importante, cuido de que no le falte la lana y las sopas de letras. Tú les llevas la comida, pero ellos comparten contigo todo lo que tienen. Siempre te guardan algo. Si por el cumpleaños sus hijos les llevan una tarta, te guardan tu trocito y te lo dan al día siguiente, o te dan 5 euros para que te tomes un café y lo celebres. Una mujer vende dulces los martes en el pueblo y una señora siempre me da una rosquilla. Y el que no, me guarda tomates, cebollas o limones. Es super bonito”.

Juliana, la cocinera del pueblo que ahora recibe la comida de Marta

Ahora atiende a siete ancianos, pero ha llegado a tener hasta nueve. Tiene claro que, de la forma en la que ella se implica, no podría acudir a más casas. Tiene otro trabajo, pero este no piensa dejarlo: “Trabajar con ancianos me encanta porque te cuentan mil historias. Me aportan a mí más que yo a ellos”. Considera que esto no es otra cosa que un “trueque de atenciones”.

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