Domingo, 01 de Noviembre de 2020

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'Riders': precariedad sobre ruedas en tiempos del coronavirus

Se lavan las manos todo lo que pueden, pero esperan que el Covid-19 incremente la demanda de comida a domicilio

Gregory (i) y Deivis (d), esperando un nuevo pedido en la Gran Vía de Madrid.

Gregory (i) y Deivis (d), esperando un nuevo pedido en la Gran Vía de Madrid. / C. G. CANO

Recurrimos a ellos un sábado por la noche para poder disfrutar del partido de fútbol o cuando el trabajo en la oficina se alarga más de la cuenta: abrimos la app, elegimos nuestro plato favorito y, al cabo de un rato, llega un repartidor y nos lo entrega. Basta con darse una vuelta por cualquier ciudad para percatarse de que el negocio de plataformas como Uber Eats, Glovo o Deliveroo va en aumento. Pero tras ese servicio hay mucha precariedad y el coronavirus vuelve a sacarla a la luz.

Aunque no hay cifras oficiales, se estima que estas empresas emplean a alrededor de 15.000 personas en España. Los repartidores, conocidos como riders, suelen cobrar entre 3 y 5 euros por cada entrega. Pero si no reparten, no ganan nada.

Muchos son falsos autónomos y otros ni siquiera pagan la cuota. Trabajan todo lo que pueden, incluso estando enfermos, y evitan ir al médico porque, según cuentan, no pueden costearse un seguro y en la sanidad pública les ponen muchas trabas. Saben, además, que en su caso es imposible teletrabajar: solo esperan que el teletrabajo del resto incremente el número de comandas.

Adrián y Enison trabajan para varias plataformas y confirman que el trato que reciben no es igual en todas. Por el momento ya han notado un gran incremento en los pedidos del supermercado on line Lola Market y la plataforma Delifast ya les ha proporcionado mascarilla, gel desinfectante y un protocolo de entrega para minimizar el riesgo de contagio: "Al dejar el pedido tienes que estirar el brazo y girar la cara", cuentan. "Y ya, cuando estás en el ascensor, lavarte las manos con el gel".

Pero el mismo Adrián reconoce que "los riders son peligrosos" porque, si se contagia uno, luego "está en contacto con mucha gente". Enison no se plantea dejar de trabajar, pero piensa en su familia: "Tengo un hijo de 8 años y me preocupa contagiarlo. Por eso tomo mis medidas de precaución. Me lavo constantemente las manos y, en cuanto llego a casa, lo primero que hago es asearme en el baño".

El problema es que la situación de precariedad dificulta que vayan al médico o que, en caso de encontrarse mal, se queden en casa para evitar nuevos contagios. "Hace un mes tuve un catarro, pero seguí trabajando porque me sentía con fuerzas y al final me curé yo solo. Cuido mucho mi alimentación", explica Adrián.

Deivis y Gregory esperan junto a sus bicicletas frente a una hamburguesería de la Gran Vía de Madrid. Los dos son de Venezuela y solo esperan que el coronavirus les dé más trabajo. "Si el cliente está enfermo, le entrego el pedido de lejitos. Pero no puedo dejarlo. No podríamos pagar el alquiler ni comprar comida".

Mientras hablan, no dejan de mirar el móvil para ver si les entra algún pedido. No saben qué se van a encontrar cada vez que llaman a una puerta, pero por el momento les sigue preocupando mcuho más la precariedad que el coronavirus.

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