Miércoles, 21 de Abril de 2021

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Coronavirus Covid-19

"No va a ser fácil recuperarlo": el contacto perdido por la pandemia y que no volverá cuando la COVID acabe

Los dos metros de distancia han llegado a nuestras vidas, quizás para quedarse por más tiempo del que durará la pandemia de coronavirus. Frente a ello, surgen otras formas de comunicación

El hermano de Marta, estudiante del PIR en Zaragoza, teme el contagio. Cuando ella regresa a Valencia para visitar a su familia, él siente ansiedad y toma más medidas de las habituales para protegerse de una posible infección. Lorena, universitaria, también viaja de León a Benavente (Zamora) algún fin de semana para ver a sus padres. Lo que antes eran abrazos y besos, ahora son saludos desde lejos. “El querer y no poder es muy complicado”, dice ella.

A través de situaciones como estas se ve cómo la COVID-19 ha cambiado nuestra forma de interactuar y de relacionarnos, algo que, como es lógico, viene asociado a la forma de transmisión de la enfermedad mediante gotículas, aerosoles y contacto estrecho. De hecho, desde que todo comenzó hace casi un año, sabemos que una de las principales medidas de seguridad frente al virus -si no la más relevante- es la distancia física.

No obstante, los dos metros de separación han conllevado alteraciones importantes en nuestras costumbres. Al pasar a formar parte de la rutina, han normalizado opuestos impensables, en especial en un país caracterizado por la sociabilidad. Aunque no todas las variaciones son necesariamente negativas -como la eliminación de los dos besos al saludar, que hay gente que no echa de menos-, lo que está claro es que todas han alterado nuestra realidad social. Cuando parece que se ve la luz al final del túnel, llega una nueva incertidumbre: ¿son estos cambios temporales o algunos han llegado para quedarse?

Relaciones con una pantalla de por medio

Un claro ejemplo de estos cambios ha sido el traslado de nuestras relaciones físicas al entorno 'online'. 2020 fue el año de las pantallas, no solo en cuanto al consumo audiovisual, sino también respecto al incremento de las videollamadas tanto en el ámbito laboral como en el personal, sobre todo durante el confinamiento.

“Afortunadamente vivimos en una era en la cual tenemos acceso a muchísimas formas de comunicación”, apunta la psicóloga Noelia Morán. Cree que, pese a la pérdida del cara a cara debido a la pandemia, el surgimiento de otras formas de comunicación ha hecho que, en ocasiones, aumente la frecuencia de contacto entre familiares no convivientes o que la imagen se añada a las llamadas de voz.

Miriam es un ejemplo. Profesora en Madrid oriunda de una pequeña localidad almeriense, ha dejado de realizar actividades en familia desde que el coronavirus conquistó el mundo. Al menos de forma presencial. “Desde entonces, tendemos más automáticamente a la videollamada. Lo hemos normalizado y lo hacemos de forma inconsciente”, comenta, a la vez que señala que el uso de esta forma de comunicación proporciona una mayor sensación de “cercanía”.

Este incremento del contacto parece estar vinculado a una mayor preocupación por los allegados. “Todos hemos estado más pendientes de nuestros familiares y hemos querido saber lo que estaba pasando en sus vidas”, indica Morán, que considera que la pandemia ha hecho que aumente la comunicación entre seres queridos: “Esto a lo que nos estamos acostumbrando ahora va a generar -sobre todo en familias que están lejos- una forma de comunicarse y relacionarse diferente que puede ser incluso mucho más positiva que la que había hasta ahora”. Y es que, de acuerdo con la psicóloga, esta nueva forma de contacto “ha venido no para sustituir [al cara a cara], pero sí para quedarse y romper ciertas barreras” establecidas por la distancia física.

Se normaliza la falta de contacto

Respecto a la exigencia a la hora de escoger quién formará parte de nuestro grupo burbuja, el director de Ipsimed, Manuel Paz, lo considera un arma de doble filo. Aunque puede terminar con las relaciones superficiales y dejar más tiempo para las que realmente nos importan, el médico y psicoterapeuta comenta que “al aislarnos, perdemos algo que necesitamos y, de alguna manera, incluso nos atrofiamos”: “Es como estar normalizando la falta de contacto e interacción”.

“Está por ver cómo vamos a retomarlo”, se plantea Paz, que pone como ejemplo el contacto físico durante el saludo, cuya recuperación tras la pandemia se trata de “una incógnita”: “De manera consensuada -ya sea de forma más implícita o explícita- hemos dejado de darnos la mano, un beso o un abrazo. Y no va a ser tan fácil volver a tomar esa costumbre que teníamos”.

De acuerdo con el psicoterapeuta, el fin de la pandemia y el del miedo a la COVID-19 son “dos cosas muy diferentes”. Para explicarlo, lo compara con un atentado o una catástrofe natural: “El accidente es puntual, pero el miedo permanece”.

El riesgo a largo plazo de la COVID-19

No obstante, no todo es negativo. Como Morán señala, la pandemia nos ha permitido dedicar más tiempo a las relaciones intrafamiliares. Esta premisa también es compartida por Paz, quien cree que somos más selectivos en nuestros contactos. “Como se restringen mucho las relaciones hacia fuera, se tiene mucho más tiempo y dedicación para los de dentro”, apunta.

Aun así, no hay que olvidar las fricciones que se generan en algunos grupos de convivencia, en los que no se compartía tanto tiempo con anterioridad o donde la relación ya no era buena antes de la pandemia. En estos sectores, la situación ha empeorado. Si bien en la mayoría de las familias ha ocurrido todo lo contrario, Paz indica que la pandemia deja “más tensión de fondo, problemas laborales y cuestiones relativas a enfermedades familiares”. Todo ello se agrava cuando, además, atañe a personas con problemas psicológicos previos, un grupo de la población “particularmente vulnerable”, según Morán.

“Lo cierto es que esto va a dejar una huella en la mayoría de nosotros”, defiende la socióloga María Miyar, que, pese a ser prudente a la hora de dar una predicción, afirma que “el auge de problemas de salud mental apunta en esa dirección”. Además, indica que quienes más sufrirán las consecuencias de la pandemia a largo plazo son quienes se han visto perjudicados económicamente -a excepción, matiza, de los que han perdido a seres queridos-, ya que este efecto va a ser el más duradero. “El efecto de la pandemia, del miedo físico y mental a la enfermedad, se pasará en algún momento”.

¿Y qué pasa con los niños?

La infancia también se trata de un colectivo de especial vulnerabilidad pese a su gran capacidad de adaptación. “Los niños son muy sensibles. Se están construyendo y llevan un año sin ver rostros. Están perdiendo esa parte de expresividad de los demás”, opina Manuel Paz. El médico, aun reconociendo la maleabilidad de los más jóvenes, subraya la necesidad de preguntarse “qué tipo de aprendizaje están interiorizando” para actuar en consecuencia.

Por su parte, Morán pone sobre la mesa el impacto del estrés de la pandemia y la conciliación sobre los padres, lo cual “está generando problemas de comunicación” con los más pequeños de la casa. Según la psicóloga, esto afecta a las pautas educativas de los niños, que se encuentran en una etapa en la que una interacción carente de suficiente afecto y con un exceso crítica puede dificultar la relación paternofilial.

Frente a esta perspectiva, Miyar incide en que la infancia se adapta a todo “muy rápido”: “Todo dependerá de cuánto dure [la pandemia], que es la gran incertidumbre”. Así, la socióloga considera que “es probable que un año de cambio pase al olvido, pero si se extiende mucho más, a lo mejor tiene un efecto”.

Lo que está claro es que “saldremos distintos”, indica Paz, que hace referencia al conjunto de la población. “Es una experiencia lo suficientemente impactante como para ejercer un cambio”, señala, aunque queda por ver en qué varían nuestras costumbres “para mejor y para peor”.

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