Domingo, 23 de Enero de 2022

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Salud mental

"Te llaman, te dicen que tu hijo se ha suicidado y toda la culpa se te queda a ti"

Los supervivientes por suicidio de un ser querido reclaman planes de prevención y que se acabe con el estigma social

Más allá de la iniciativa '#teescucho', teléfonos contra el suicidio como el de La Barandilla (911 385 385) o el Ayuntamiento de Barcelona (900 92 55 55) reciben multitud de llamadas cada día

"Fue hace dos años y medio, pero es ahora cuando empiezo a hablar del tema. Los primeros meses estaba en shock. No me lo creía. Luego descubrí que hablar te libera de la rabia y de la tristeza. El duelo es para toda la vida, pero hay que encontrar alguna ilusión. Yo sigo teniendo dos hijos, amigos... y tenía a mi madre enferma. Ahora, además, también quiero prestar la ayuda que un día no pude prestarle a mi hijo”.

A Rosario le llamaron un día para decirle algo que aún no acaba de creerse. Algo de lo que, además, no suele poder hablar porque poca gente está dispuesta a escuchar. Y por eso, entre otras razones, ahora es también la secretaria de Ubuntu.

“Hacen falta muchas cosas”, dice. “Mucho apoyo del Gobierno, muchos planes de prevención, mucho apoyo a la salud mental... y, sobre todo, acabar con el estigma social y con el tabú. También necesitamos que los medios de comunicación se impliquen y que los suicidios no sean solo cifras o informaciones sensacionalistas. Las cifras son cada vez más altas, pero ya lo eran antes de la pandemia. Y hace falta educación emocional en los colegios. Que no haya bullying y que, si alguien ve a una persona pasándolo mal, ayude un poquito”.

Transformar el dolor en amor

Ubuntu es la Asociación Andaluza de Supervivientes por Suicidio de un Ser Querido. Una entidad muy, muy joven. Tanto que se presenta este sábado coincidiendo con el Día Internacional del Superviviente del Suicidio: “Nuestro lema es ‘Transformar el dolor en amor’ y se ha hecho realidad porque por fin vamos a reunirnos y vamos a fundirnos en un abrazo”.

El germen de Ubuntu fue un grupo de ayuda mutua creado por el psicólogo Daniel J. López Vega, quien también es el coordinador de Papageno, una plataforma de profesionales sin ánimo de lucro que trabaja por la prevención de la conducta suicida.

Un perro y una libreta

“Me dijeron que tenía que apuntarme a un grupo de ayuda y yo les decía que no, que me dejaran tranquila, no quería reaccionar. Pero fueron pasando los días y los meses, y la pareja de mi hijo mayor me regaló una libreta y me dijo que, cuando quisiera, apuntara ahí mis sentimientos. Yo nunca había escrito, la verdad. Pero también tenía un perro que era de mi hijo y, cuando me sumergía en mi llanto y mi dolor, venía y tiraba de mí hasta que lo sacaba. Al final tomé por costumbre salir a caminar con él y eso fue lo único que me daba aliento”, explica Rosario.

“La libreta y el perro me fueron sacando de mi duelo. Con el tiempo, mi psiquiatra me habló de Papageno... ¡y bendita la hora! Lo mismo gritamos que lloramos o nos enfadamos... Compartir con gente que ha pasado por lo mismo que tú creo que es lo que nos está salvando. Empezamos a reunirnos presencialmente una vez al mes, pero después, con la pandemia, tuvimos que recurrir a los grupos de WhatsApp y al final se ha convertido en un grupo de familia”, relata.

El suicidio se puede prevenir

Al escuchar a Rosario es difícil que no se te encoja el corazón. A ella misma le cuesta porque al contar lo que pasó vuelve a sentir dolor. Pero también sabe que su testimonio puede ayudar a otros. Que el suicidio, tal y como sostienen los expertos, se puede prevenir. Además de la iniciativa #teescucho en Twitter, de hecho, teléfonos contra el suicidio como el de La Barandilla (911 385 385) o el Ayuntamiento de Barcelona (900 92 55 55) reciben multitud de llamadas cada día.

“No sé si seré capaz de contarlo todo sin echarme a llorar”, dice tomando aire. “Mi hijo tenía 22 años y estaba estudiando cuarto de Trabajo Social. Vino a casa cuando terminaron los exámenes de febrero y estaba contento porque había aprobado muchas asignaturas. Decía que era el año que mejor le estaba yendo. Nos presentó a su primera novia, estuvieron en los carnavales... Pero le vi muy delgado y le dije: ‘A ti te pasa algo’. Él lo achacó a los exámenes y a que estaba un poco nervioso porque no sabía si volver a Huelva o irse a Bristol, donde vive su hermano. Tenía que examinarse del B2 de inglés, sacarse el carnet de conducir... ¡Lo normal de un joven! Pero jamás me dijo ‘no estoy bien’ y yo no me di cuenta de nada”.

"El 19 de marzo hablé con él por teléfono porque era el cumpleaños de su novia y estuvimos comentando el regalo. Esto pasó dos días después”.

Ese 'y si’ no te lo quitas nunca

Rosario recuerda el momento a la perfección. El teléfono empezó a sonar y ella no podía cogerlo. Pero insistieron tanto que, al final, respondió.

"Te llaman, te dicen que tu hijo se ha suicidado y toda esa culpa se te queda a ti", relata. “Luego viene la negación. Estás todo el día pensando que va a volver. En si le hago un tupper para que se lleve... Pero me culpo mucho, claro. Que si no le pregunté si tenía dinero para el regalo. Que no le pregunté si le faltaba algo... ¿Y si le hubiera llamado ese día? ¿Y si le hubiera prestado más atención? Y si, y si, y si, y si, y si... Ese 'y si’ no te lo quitas nunca. Te culpas cada día”.

Atreverse a preguntar

“Los familiares de las personas que han fallecido por suicidio se encuentran en una situación particularmente difícil porque al dolor que sienten se suma el tabú y el estigma. Muchas veces se sienten señaladas y eso incrementa la culpa. Tenemos una clara responsabilidad”, señala Susana Al-Halabí, doctora en Psicología y profesora de la Universidad de Oviedo.

“Estamos hablando de un grupo muy numeroso. Si hablamos de 4.000 muertes al año por suicidio en nuestro país, por cada muerte hay 100 personas que le conocían y 10 o 15 del núcleo cercano. Muchas veces ese núcleo está asustado, sorprendido, sin saber a dónde ir y sin instituciones públicas que puedan entender su dolor y ayudarles a elaborar su duelo”, añade.

“El sistema público debería contar con psicólogos que atendieran a los supervivientes y el resto de la población debería permitir el alivio. Hablar, recordar... Atrevernos a preguntar por esa persona sin tratar, bienintencionadamente, de ocultar esa muerte. Con eso no les ayudamos. Hay que preguntar como preguntaríamos por cualquier persona que hubiese muerto por otra causa”.

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