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Cuenca y Tarancón en la memoria de amor y dolor de Antonio Machado

El poeta sevillano estuvo a punto de llegar como profesor de francés a la capital. Años después, en plena guerra civil, y camino de Valencia, paso una noche durmiendo en el suelo en Tarancón

Antonio Machado barajó la posibilidad de trasladarse como profesor de francés a Cuenca. /

Ochenta años se van a cumplir el 22 de febrero de la muerte de Antonio Machado, uno de los grandes poetas españoles, considerado el más joven representante de la generación del 98, fallecido con 63 años en 1939, en el exilio de Colliure en Francia, 38 días antes del final de la cruenta guerra civil española.

Este martes en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos sugiere recordar la relación que el poeta y escritor, autor de innumerables obras entre las que destaca Campos de Castilla y otros poemas, tuvo con la ciudad de Cuenca en la distancia, en su faceta de profesor de francés; su paso y pernoctación en Tarancón en los días tristes de la guerra civil, camino de Valencia junto a familiares y un grupo de intelectuales, y su presencia casual en Minglanilla, junto a decenas de escritores y poetas asistentes al II Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, Madrid y Barcelona.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

La crítica literaria conquense, bien en palabras de Federico Muelas o Florencio Martínez Ruiz, como paladines más destacados con pluma, voz y notoriedad en medios nacionales, dejó siempre la interrogante de cómo hubiera sido la vida en Cuenca, como profesor en el Instituto, de Antonio Machado, cuando tras su periplo en Soria y Baeza, pidió ser trasladado a Cuenca, allá por 1918. Aquella Cuenca que miraba con esperanza a los “felices veinte” contaba entonces con profesores de talla como Juan Giménez de Aguilar y Rodolfo Llopis, entre otros. Recordando el primer verso de Machado, de “Campos de Castilla”, que se inicia con “He andado muchos caminos, / he abierto muchas veredas; / he navegado en cien mares, / y atracado en cien riberas…”, qué podía haber escrito Machado sobre Cuenca, sus Hoces, su Naturaleza y sus gentes… andando nuestros caminos.

¿Cómo surge ese deseo de Antonio Machado de pedir una plaza en el Instituto de Cuenca? La publicación “Cuadernos Hispanoamericanos” de septiembre-diciembre de 1949, dirigida por Laín Entralgo y Mario Amadeo, dedicó un número especial a Antonio Machado, de más de 700 páginas, y entre los artículos de Julián Marías, Dámaso Alonso, José Luis Aranguren, Gerardo Diego o Luis Rosales, destaca el del secretario de Redacción, Enrique Casamayor, sobre el trabajo de Machado como profesor. Aportaba datos que, años después, otros escritores incluyeron en sus libros sobre Antonio Machado. Escribía Casamayor:

“Sabemos por una aportación de indudable valor anecdótico, para la biografía de Machado, que éste tuvo parejo, a su gran amor castellano por Soria, el amor no nacido por Cuenca, que quiso y no pudo vivir; nuestro profesor solicita desde Baeza hacia 1916, su traslado a la Ciudad Encantada. Nos lo dice el siguiente autógrafo de Don Antonio, fragmento de un borrador epistolar, dirigido a cierto profesor de Francés del Instituto Conquense.

La pereza de cambiar de residencia y las instancias de mis compañeros de Baeza, fueron causa de que no acudiese a dicho concurso. Después he sabido que usted había sido nombrado para ocupar la indicada vacante. Pensando en el caso posible de que usted no tuviese interés marcado en permanecer en la Cátedra de Cuenca, me atrevo a proponerle a usted la permuta conmigo, si el Instituto de Baeza fuese de su agrado y encontrase en él algún aliciente o ventaja”.

Escribe Casamayor que “el traslado a Cuenca no llegó a efectuarse. Sabe Dios si este intento frustrado de Don Antonio haya sido causa de que Cuenca no viva para siempre, como Soria, como Baeza, entre las mejores páginas de la Literatura Castellana. Fallido su intento de traslado a Cuenca, Machado consigue Cátedra en Segovia en 1919 y hasta 1932, año en el que se traslada a Madrid”.

“¿Y quién sería este profesor de Francés en el Instituto de Cuenca responsable de este desaguisado para la poesía española?”, se pregunta Enrique Casamayor en una cita de página. “No lo sabemos, aunque no sería difícil dar con él en el escalafón profesional de la época. Pero quizás sea el anonimato su mejor castigo porque no venga a caer a los seis lustros de cometido el crimen, en la soberbia negativa y un poco tonta de Eróstrato el incendiario”, personaje que recordamos fue el responsable de la destrucción del templo de Artemisa. La comparación tiene miga.

Instituto de Cuenca. / Portfolio de España, 1912

Existen más versiones bibliográficas sobre esa petición de traslado de Antonio Machado desde Baeza a Cuenca. En 1995 fue publicado el libro “Antonio Machado en su geografía”, de José Montero Padilla, del que se hizo eco Florencio Martínez Ruiz en “El Día Cultural”, incluyendo un dibujo con la imagen de Machado, calado con su sombrero, y sus manos entrecogidas, y un mapa de España en el que figuran los nombres de las ciudades de Soria, Baeza, Cuenca, Segovia y Madrid. Florencio titula su crítica literaria como “Aquel Machado (el más íntimo y bueno) que quiso venir a Cuenca”, y anota que el libro viene a redimir, mejor que ningún otro, la figura de Machado, que recoge el espíritu de la Generación del 98 y escucha el mensaje de una Castilla postrada en la más espantosa soledad. Y aunque hemos relatado la versión de Casamayor, en 1949, Martínez Ruiz opinaba así: “Montero Padilla anota que Machado barajó la posibilidad de venir a Cuenca, por la permuta de su Cátedra de Baeza, con el profesor de Francés del Instituto de Cuenca, pero tal traslado no se produjo, frustrando de una vez por todas el golpe de suerte mágico que nos hubiera correspondido. Sólo le reservamos al poeta, ya en compases de guerra civil, la “mala noche” que en compañía de su madre hubo de pasar en Tarancón y que Moreno Villa narra de pasada en “Vida en claro”.

Y concluye Florencio, con esta aseveración: “Fue la ocasión –no del todo incumplida, pues aquello que se ha querido y se ha deseado, ya se instala en la memoria— de que Cuenca figurase en las estaciones de amor y dolor de Don Antonio…”..

Ese dolor debió sentirlo Antonio Machado cuando tuvo que salir de Madrid en noviembre de 1936 junto a su familia y otros intelectuales, camino de Valencia, con parada en Tarancón. Existen varias versiones sobre este viaje de intelectuales. El diario “Abc” titulaba en su edición del día 25 de noviembre que “La República salva de la barbarie fascista a los intelectuales”, dando cuenta del viaje organizado por el 5º Regimiento. En dos autocares, provistos de servicio sanitario, agua mineral, tabaco y caramelos, viajaron junto a sus respectivas familias intelectuales como Sánchez Covisa, José Moreno Villa, Antonio Machado, Menéndez Pidal y otros destacados escritores y artistas, precedidos de cuatro tanques blindados con aparatos científicos, libros y manuscritos. Partieron el dia 23 desde Madrid, con parada nocturna en Tarancón y llegada a Valencia el día 24, con recibimiento del ministro de Instrucción Pública. Antes de la partida hubo una comida de despedida y en ella, Machado dijo: “Yo me voy, a la fuerza, de Madrid. Mi gusto hubiera sido morir en Madrid, luchando al lado del pueblo que tanto amo; mi vida ha sido digna y repito que mi gusto hubiera sido morir dignamente luchando a vuestro lado”.

Vista general de Tarancón. / Todocoleccion.net

Existen también diversas versiones de este viaje con parada en Tarancón en distintos libros sobre Antonio Machado. Por ejemplo, Eva Díaz Pérez en “Machado, últimas noches españolas”, señala que “el poeta se incorpora a la expedición que lleva a un grupo de intelectuales a Valencia, ante el peligroso asedio de las tropas franquistas en el Madrid que resiste. Machado está envejecido. Parece que le hubiera caído encima del gabán un manto de años y ceniza”. En el viaje camino de Valencia paran en un lujoso caserón en Tarancón, apunta Jorge Martínez Reverte en “La batalla de Madrid y cuenta cómo Antonio Machado se interesó por la suerte de los propietarios. "Pertenecía a una familia a la que han dado el paseo hace unos días. Machado no quiere mancillar la cama de quienes han sufrido tan duro castigo. Pasa la noche tumbado sobre la alfombra". Sin embargo, José Moreno Villa, que es uno de los escritores que viajan, en uno de los autocares, relata en sus “Memorias”, en palabras del escultor palentino Victorio Macho, editadas en 1972: “Partimos hacia el barrio de Vallecas y pronto tuvimos que pasar de trincheras, parapetos y nidos de ametralladoras; nos precedían dos motocicletas que exploraban el camino y así, en un ambiente angustioso, mirándonos unos a otros con honda preocupación, llegamos a un pueblo vacío, Tarancón, porque sin duda la guerra había pasado por allí, donde habíamos de descansar aquella noche del accidentado viaje.

Las mujeres en una angosta sala, y los hombres en un local de paredes puramente encaladas y sin ventilación donde había unas camas tan sucias que hasta la almohada en que yo había de apoyar la cabeza, olía a medicinas, y aún tenía muchas manchas de sangre renegrida, porque ello fue un hospital de sangre”.

Se recoge, por parte de Moreno Villa, que pese al relato de Victorio Macho sobre las camas, “Antonio Machado y su madre durmieron en el suelo”. El relato prende en el sentimiento de Eduardo Alcalá, quien en un amplio trabajo en “El Día Cultural”, de 1995 titulado “La noche que Antonio Machado durmió en el suelo a su paso por Tarancón”, apostillaba: “Con ello, el incumplido deseo del poeta cobraba unos tintes de auténtica fatalidad. Quien había soñado, a fuerza de cantar los álamos del Duero y las roquedas cárdenas sorianas, con retratarse en el paisaje de Cuenca, conocía su cara áspera y desagradable, en el hosco semblante de una guerra fraticida que mostraba claramente el horror y la miseria”.

Eduardo Alcalá destacaba que “Machado, que había huido de Soria tras la muerte de Leonor y que aconsejado por Unamuno se acercó de nuevo a Castilla –aunque nunca pudo lograr cátedra en Salamanca, Alicante o Cuenca— volvía a huir, ahora por un camino incierto, por el camino de la desolación y del acabamiento.” Tan inquietante relato viene a vincular estrechamente a Antonio Machado con nuestra tierra. Acaso porque aquello que se lleva en el pensamiento, constituye de algún modo, la misma realidad.

Concluye Eduardo Alcalá: “Y tan real es para nosotros el viaje de Unamuno en un noviembre invernal o las correrías de Baroja por la azarosa cornisa serrana de Cañete, como esta noche y estos sufrimientos de Machado, de algún modo determinantes para configurar una mitología machadiana por parte de autores y escritores conquenses, desde Federico Muelas a los más jóvenes poetas. Don Antonio es, por derecho, un fantasma que se pasea entre la brisa de los álamos y los reflejos del río”.

Tarancón en 1939. / Todocoleccion.net

Hemos citado a Federico Muelas y por ello no podemos pasar por alto el soneto que dedicó el poeta conquense a Machado. Se trata sin duda de una bella y sentida composición que los conquenses han podido leer en alguna ocasión, pero que evoca sentimientos de invitación a la tierra querida, pero nunca pisada en ese sentimiento de “caminante, se hace camino al andar”. El poema de Federico Muelas, titulado “Soneto al viaje aquel que no hizo”, figuró en la “Corona poética” que se le dedicó a Machado con ocasión de la inauguración, en 1966, del Parador de Turismo de Soria que lleva su nombre. El soneto se publicó en junio de 1972, junto a otros, en la página “…Y poesía cada día”, de “Abc”, dedicada al poeta sevillano que cantó a “los campos de Castilla”. Así le hablaba Federico Muelas a Machado en sus estrofas:

Eran tus roquedales y tenía

nimbo de oro el pinar. Tensaba el río

su ballesta de plata. Y el sombrío

serrijón de mellada crestería.

Yo te hablé de otra tierra que erigía

muros de plata audaz en el vacío.

Y la mirada, verde, el trazo frío

de un agua que el asombro detenía.

Sí, Antonio, era mi tierra. Te esperaba.

Diría que aún te aguarda. Su destino

fue siempre un esperar contra la suerte.

Llegué a soñar entonces que estrenaba

el gorrión de mi Cuenca nuevo trino…

Pero alguien se cruzó: le llaman Muerte.

En este recuerdo a Antonio Machado no podemos olvidar la presencia de numerosos intelectuales en Minglanilla, camino entre Valencia y Madrid, con ocasión del II Congreso de Escritores de 1937. Se trataba del 80 aniversario de aquel II Congreso de Escritores que tuvo que celebrarse entre Valencia, Madrid y Barcelona, y con ese grupo de más de 150 personas que iban a hacer parada y fonda en la Venta de Contreras, de Fidel García-Berlanga, que luego pondría en marcha la Posada de San José. Aquella jornada en Minglanilla, donde el alcalde y la población les dieron de comer como pudieron a intelectuales como Octavio Paz, Ernest Hemingway, Pablo Neruda (nada menos que tres Premios Nobel), Rafael Alberti, Antonio Machado, Miguel Hernández, Alejo Carpentier, que volvería a Minglanilla en 1977 con Antonio Saura y Antonio Pérez; Ramón J. Sender, Bertolt Brecht, Nicolás Guillén o César Vallejo, entre otros muchos. Este episodio histórico-cultural que muy bien contó aquí en la Ser, García-Berlanga hijo, bien merecía la realización de alguna película, porque los testimonios son tan emocionantes como desgarradores.

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