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Miércoles, 23 de Octubre de 2019

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¿Por qué nos da asco la comida?

A la hora de comer, obligar no es un buen método para educar, sino todo lo contrario

¿Gulas sí y gusanos no? /

Basta con preguntarle a quien tengas cerca por qué detesta tanto ese alimento que nunca quiere tener cerca. Su respuesta, en muchos casos, estará relacionada con un empacho, un problema de salud o una experiencia traumática de infancia: unos padres autoritarios, un castigo desproporcionado en el colegio...

El asco es tan capricho como el gusto. Más allá de alergias e intolerancias, hay quien no soporta la textura de una ostra, a quien le ofende el olor a pescado y quien se revuelve con solo pensar en el hígado. También hay gente jamás se metería un insecto en la boca y personas que tienen una fobia personal perfectamente identificada: la mantequilla, los garbanzos, el vodka, la carne con hueso...

"El asco es una emoción universal que comparten todos los seres humanos y también el resto de mamíferos", explica la psicóloga Georgina Burgos. "Una emoción desagradable, pero que ha jugado un papel fundamental porque tradicionalmente nos ha alejado del peligro: alimentos en mal estado, cosas venenosas... No es que sea infalible, pero previene en muchas ocasiones".

La película Del revés, estrenada en 2015, explica el funcionamiento del cerebro basándose en cinco personajes que se corresponden, a su vez, con otras tantas emociones: Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Asco. La silueta de esta última, de hecho, parece estar inspirada en otro alimento que suele generar rechazo: el brócoli.

Es más, en una de las escenas aparece una niña negándose a comer brócoli. Pero Pixar decidió sustituir ese brócoli por pimiento verde en la versión japonesa del filme. ¿Por qué? "Hay una parte que tiene que ver con la cultura", explica Georgina Burgos. Y el brócoli, en Japón, es un alimento muy popular entre los niños.

"Si te acostumbras desde la infancia, lo que a uno le da asco, a otro le puede parecer un manjar", señala la psicóloga. "Podemos sentir asco ante determinadas comidas por su olor, por su aspecto o por su sabor. Incluso puede pasar que algo tenga muy buena pinta y que lo que nos acabe dando asco sea su textura. Pero también está el aprendizaje vicario: como a mi madre o a un amigo le da asco una detemrinada comida, a mí también. Y ante el menor estímulo, el sistema nervioso reacciona y nos alerta de que puede ser desagradable".

El asco es, por lo tanto, algo subjetivo y multifactorial. En la novela El asco, de Horacio Castellanos Moya, el protagonista aborrece todo lo que tenga que ver con El Salvador, incluyendo su delicioso plato nacional. "Sólo el hambre y la estupidez congénitas pueden explicar que a estos seres humanos les guste comer con semejante fruición algo tan repugnante como las pupusas", llega a decir.

Pero el asco es tan poderoso que, bien usado, puede llegar a resultar incluso placentero. La Denominación de Origen Rueda, por ejemplo, instrumentalizó la curiosidad que despiertan los insectos para organizar una maridaje de vino y bichos en Madrid Fusión. Otro buen ejemplo es cómo el chef Andoni Luis Aduriz recurre al rechazo para interpelar emocionalmente a sus clientes: un dulce hecho con sangre, una manzana podrida, una rebanada de pan colonizada por hongos penicilium... Y no le ha ido mal: Mugaritz lleva años en el top 10 de la lista 50 Best.

¿El asco tiene cura?

Pero entonces, si el asco es una sensación tan subjetiva, ¿se puede tratar? "El asco no es una patología o una enfermedad, sino una circunstancia", responde Georgina Burgos. "Si nos diera asco toda la comida, sí sería un problema. Pero si solo te dan asco los mejillones o las ostras, por ejemplo, tu dieta puede seguir siendo perfectamente equilibrada".

De todas maneras, sí hay un método que sirve para superar la aversión hacia un determinado alimento: la "exposición gradual en vivo". Se trata de ir paso a paso: primero una aproximación visual y olfativa y luego, progresivamente, saborear solo con la lengua, morder un trozo pequeño... "Esto ayudaría a vencer el asco. Pero como no es una necesidad vital, hay que plantearse simerece la pena o no".

En todo caso, más vale prevenir que curar. Los dietistas-nutricionistas Lucía Martínez y Aitor Sánchez explican en su libro ¿Qué le doy de comer?, dedicado a la alimentación de los más pequeños, que "obligar no es un buen método para educar, sino todo lo contrario". Y con lo de obligar no solo se refieren a "gritar y hacer tragar" sino que también incluyen la sobreexposición ("si no es para comer, será para cenar"), las posibilidad únicas ("solo hay esto") o el chantaje.

Pero no obligar tampoco es sinónimo de dejar que sea el niño quien dirija la alimentación de la familia. Martínez y Sánchez proponen dar "un margen de libertad", pero también asegurar que siempre haya alimentos saludables en casa, currarnos la presntación, fomentar un clima agradable y, sí, predicar con el ejemplo.

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