Lunes, 26 de Octubre de 2020

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La Raya que separa Portugal y España: una frontera con identidad propia "cerrada" por el coronavirus

En el paso fronterizo entre Fuentes de Oñoro (Salamanca) y Vilar Formoso (Portugal), los vecinos han utilizado la antigua aduana para mantener relaciones personales e intercambios comerciales sin vulnerar el cierre de fronteras

La frontera entre los dos países de la península tendrá que esperar hasta el 1 de julio para su reapertura

La Raya que separa Portugal de España es la frontera más antigua de Europa y la más larga entre dos países de la Unión Europea: 1.234 kilómetros separan el río Miño en Galicia del Guadiana en Ayamonte / Daniel Sousa / Cadena SER

Fue a mediados de marzo cuando el Consejo Europeo acordó restringir los “viajes no esenciales en la Unión Europea” y cerrar las fronteras. Era la primera vez en la historia que el club comunitario acordaba una medida de semejante calibre desde que en 1995 entrase en vigor el Acuerdo de Schengen, por el que se suprimieron las fronteras interiores y se permitió la libre circulación, sin restricciones, de personas, bienes, servicios y capitales, en consonancia con una idea de Europa ciudadana y cada vez más unida. Desde la acorazada sede del Consejo Europeo en Bruselas podría parecer fácil, sobre el mapa, decretar el cerrojazo de estas “cicatrices de la historia”, pero décadas de intercambio económico, cultural y lingüistico lo han hecho difícil, por no decir, prácticamente imposible. Con el fin del estado de alarma se vuelven a abrir oficialmente todas las fronteras europeas menos una, que tendrá que esperar al 1 de julio: España y Portugal.

La mayoría de garitas fronterizas, donde hace décadas las autoridades revisaban los pasaportes seguramente han necesitado una puesta a punto después de años de abandono. El paso fronterizo entre Fuentes de Oñoro (1.134 habitantes), en Salamanca y Vilar Formoso (2.481 habitantes), en Portugal, es uno de los nueve que ambos países acordaron dejar abiertos durante la crisis del coronavirus, pero solo para mercancías y trabajadores transfronterizos. Sin embargo, los pueblos están tan interconectados, que los vecinos han encontrado el vacío legal para continuar manteniendo los intercambios comerciales y las relaciones personales, al margen de la frontera oficial. Lo que del lado español se llama Avenida de Portugal, al otro lado de la raya lleva el nombre de Rua da Fronteira Velha. Aquí, la frontera es, literalmente, una raya: una calle española que termina en Portugal, apenas separada por una valla.

El supermercado Raimundo Blanco e Hijos se encuentra precisamente en esa calle, a escasos 200 metros de “la vieja aduana”. Jesús Blanco es el propietario y la persona que, junto a su hermano, se ha encargado durante estos meses de repartir los pedidos por las casas de sus vecinos portugueses. Diariamente atravesaban la frontera con su furgoneta con el beneplácito de las autoridades lusas pero, cuando eso no era posible, se acercaba hasta la vieja aduana para llevar los productos que sus clientes demandaban. “El 90% de mis clientes son portugueses (…) Es una manera de subsistir y ellos echan mucho de menos venir a España”. En La Raya, durante las dictaduras que gobernaron ambos lados de la península, ya estaban acostumbrado a este tipo de “trapicheos”: “Esto de la aduana vieja no lo hemos preguntado, pero han hecho la vista gorda”, explica.

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Su padre, Raimundo, fue quien abrió el supermercado hace décadas. Nació en 1929, está a punto de cumplir los 91 años y relata cómo estos meses han sido duros para él: “He tenido miedo porque oigo en la televisión que esta enfermedad afecta más a personas con patologías y claro, yo tengo diabetes… ¡ya me tocan las narices a mí estos tíos con la diabetes!”, exclama. En su memoria guarda los recuerdos de cómo era la frontera antes de Schengen: “Pasar La Raya era como ir a meterte en un infierno porque si te cogían, agárrate. No se podía pasar, por eso los portugueses venían por la noche a comprar”.

De La Raya se dice que es la frontera más antigua de Europa y la más larga entre dos países de la Unión Europea: 1.234 kilómetros separan el río Miño en Galicia del Guadiana en Ayamonte. Cuentan los vecinos de Fuentes de Oñoro y Vilar Formoso que con la estación del ferrocarril llegó la prosperidad y se convirtieron en la frontera más importante de España con Portugal. Por su situación geográfica, era la vía de comunicación más corta entre ambos países. Allí tenía parada el tren Sud Express, que durante más de 130 años transportó de Lisboa a París los sueños de millones de emigrantes lusos y españoles que iban en busca de una vida mejor. Un tren que conectaba el atrasado sur, con la modernidad europea de la capital francesa. Raimundo abrió una tienda donde comenzó vendiendo exclusivamente tocino, pero pronto la transformó en un supermercado. “Algunos sábados se juntaban 25 o 30 autocares de portugueses para comprar galletas y cosas comestibles”, rememora. Sin embargo, por algún motivo que ni él mismo entiende, el producto estrella era otro: unos pequeños frascos de perfume que se fabricaban en Barcelona llamados Tabú. “Los primeros quince días de agosto no dormía. Me sentaba en un sillón en la puerta de casa con un cartelón grande para vender. Ganábamos dinero en la mercancía y en el cambio. Ganábamos dinero con todo”, recuerda.

FOTOGALERÍA | La "vieja aduana" donde quedan portugueses y españoles sin cruzar la frontera

Como si estuviéramos en los tiempos del contrabando y el estraperlo, los vecinos han encontrado el vacío legal para mantener los intercambios comerciales y las relaciones personales

Por aquella época el contrabando resultaba, sin lugar a duda, la fuente de interacciones más sustantiva de la economía fronteriza. Como señala el economista Francisco José Calderón en un artículo publicado en 2013 en la revista Estudios fronterizos, la connivencia o la complicidad de gran parte de la población resultaba imprescindible, “junto al evidente mirar al otro lado de los poderes administrativos y policiales a ambos lados de la frontera”. Raimundo recuerda lo que siempre decía su padre: “Menos Franco y más pan blanco”. El cuerpo de carabineros, encargado de la vigilancia del fraude fiscal y el contrabando y, posteriormente, integrado en el cuerpo de la Guardia Civil, no siempre hacía la vista gorda. Muchos aprovechaban su autoridad para confiscar la comida que los ciudadanos portugueses compraban a hurtadillas en el supermercado de Raimundo: “Los carabineros, si hay Dios, estarán todos en la cárcel, porque quitarles la compra a los portugueses para llevársela a su casa…”, reflexiona Raimundo.

Aunque cabría pensar que la apertura de fronteras, tras la entrada en vigor del Espacio Shengen en marzo de 1995, supuso un alivio para el pueblo, lo cierto es que con la “Europa sin fronteras” se firmó también la sentencia de muerte de Fuentes de Oñoro y Vilar Formoso. La frontera política no aísla los problemas y la despoblación del interior es común en ambos países. Leemos hoy en una revista del año 88 que entonces se auguraba un futuro prometedor en el pueblo. Más de 130 vecinos del lado español trabajaban de una forma u otra en la aduana, y por entonces se contaban hasta 10 supermercados, 6 restaurantes, 2 salas de fiestas y 13 bares en el pueblo. En Vilar de Formoso, una vecina portuguesa recuerda como aquello era un ir y venir de gente: “Entonces era diferente porque teníamos que pasar por la aduana y mi madre tenía que hacer unos papeles, pero siempre nos hemos comunicado como si fuésemos un mismo país (...) No son españoles, son mis vecinos”.

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Más de 30 años después, el coronavirus ha hecho que sea de nuevo en las inmediaciones de la estación de tren de Vilar Formoso donde resurja la vida comercial gracias al camión de Raimundo. El apeadero es un lugar pintoresco. Por allí ya solo pasan trenes con mercancías porque el flujo de emigrantes hacia Europa, que todavía continúa, viaja ahora en avión. Está presidido con por un gran cartel donde se puede leer Fronteira da Paz. El edificio alberga el Memorial de los Refugiados y del Cónsul Aristides de Sousa Mendes, un diplomático portugués destinado en Burdeos, que durante los primeros días de la invasión nazi en Francia, durante la II Guerra Mundial, expidió más de 30.000 visados, desobedeciendo a su propio gobierno. Salvó la vida, entre otros muchos, de Gala y Salvador Dalí y por ello, esta misma semana, el Parlamento portugués acordaba trasladar sus restos al Panteón Nacional como forma de homenaje. Parece que no, pero las fronteras, que tanto sufrimiento han causado en Europa, siguen ahí. El hecho de que nos podamos mover libremente por el viejo continente, de momento, no deja de ser una anécdota en la línea de la historia. Nunca sobra recordarlo.

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